Hace un par de semanas salió a la venta el álbum Panini del Mundial 2026 y de inmediato comenzaron a circular en redes sociales miles de videos con unboxings, tips, reseñas y costos aproximados para llenar el dichoso álbum (calculados en varios miles de pesos, ¡no mamen!), que cada cuatro años, sin excepción, desata la euforia de los “fifas” (término del que no soy fan por su carga peyorativa, pero no puedo negar que es muy gracioso, y aquí aplica a la perfección).
Todo este júbilo me recordó que en la década de 1980 coleccionar un álbum era una experiencia muy distinta a la de ahora. De entrada, no había smartphones, ni redes sociales, ni videos de YouTube que te explicaran la mejor estrategia para completarlo.
Tampoco había preventas ni ediciones especiales. Y lo más importante: no costaba una fortuna llenarlo. ¿Cajas con 100 sobres? Ni de chiste, lo más común era comprar varios sobres en papelerías y puestos de periódicos a la salida de la escuela, y obviamente, intercambiar las estampas repetidas con amigos y conocidos.
Dicho lo anterior, aprovecho el momento para recordar algunos de esos álbumes coleccionables y explicar —desde mi punto de vista— por qué marcaron la infancia de varias generaciones, incluyendo la mía.
Amor es…
Aunque no es propiamente de mi época (debió haber llegado a México a finales de la década de 1970), sí tengo ciertas reminiscencias que se me quedaron muy grabadas; recuerdo particularmente un póster en casa de algún familiar con la portada de este álbum.
Los pósters eran muy populares en esos días, ignoro si aún lo son —creo que no, al menos no de la misma forma—, pero antes era muy común que la recámara de cualquier niño o adolescente estuviera tapizada con enormes pósters de toda clase de temas y personajes de la cultura popular: películas, artistas, cantantes, grupos musicales, autos, caricaturas, etc.
El álbum estaba conformado por ilustraciones de una pareja de niños con frases sobre el amor, como: “amor es… brindar en la misma copa”, o “amor es… no imponer tus ideas sobre las de ella”. Aunque también tenía oraciones que hoy en día serían 100% funables, como: “amor es… no estorbar mientras ella cocina”, o “amor es… ayudarla a veces con el quehacer”.
Pero eran otros tiempos, y nadie pidió su cancelación ni organizó una quema pública del álbum… afortunadamente, porque la verdad no había malicia ni en las frases ni en las ilustraciones, y todos lo tomaron como lo que era: un libro de cromos coleccionable.
El origen del álbum está basado en las viñetas de una ilustradora neozelandesa llamada Kim Grove, quien le escribía estos mensajes ilustrados con los tiernos personajes a su enamorado Roberto Casali, un italiano con quien posteriormente contraería matrimonio.
La Vuelta al Mundo con Walt Disney
Este álbum me resultaba muy singular, ya que combinaba fotos de diferentes ciudades alrededor del mundo con los personajes animados de Walt Disney, lo cual me parecía un poco extraño.
Para los estándares de ahora (Instagram y Pinterest), las fotos del álbum son sosas y no lucen nada; sin embargo, lo relevante era que te brindaba la posibilidad de cumplir la fantasía de viajar alrededor del mundo y conocer lugares remotos a través de esas estampas.
Ahora es mucho más accesible viajar a cualquier parte del planeta, no solo físicamente, sino de manera virtual a través de internet. Solo basta escribir el nombre de una ciudad en YouTube e inmediatamente aparecen miles de videos con imágenes extraordinarias y toda clase de recomendaciones sobre ese destino.
Pero a principios de la década de 1980 viajar a otro país era un lujo para la mayoría de la población —por lo menos en México—, al igual que subirse a un avión (de niño ese era uno de mis sueños, y hasta la fecha me sigue entusiasmando enormemente cada vez que abordo una aeronave), y no se diga conocer Europa, eso ya era una fantasía accesible solo para millonarios. Por eso este álbum fue tan significativo.
El Mundo Mágico de la Naturaleza
Hasta la fecha no he visto nada parecido a esta magnífica memorabilia. Y es que no solo era un álbum, era una pequeña enciclopedia sobre el reino animal, vida silvestre, anatomía y evolución; todo perfectamente documentado, ilustrado y categorizado. Los cromos eran una chulada, me fascinaba verlos una y otra vez, ya fueran de árboles, flores, perros, aves, serpientes o animales prehistóricos.
Gracias a este álbum supe de la existencia del basilosaurus, el tigre dientes de sable, el pato mandarín, la mosca tsé-tsé (que provoca la enfermedad del sueño) y el bagre, un pez con hocico alargado y una especie de bigotes muy largos, por lo que también se le conoce como pez gato.
De este último me acuerdo muy bien porque inevitablemente lo relaciono con mi abuela materna (q.e.p.d.), quien tenía la boca grande y de un lado le brotaba un pelo enorme, como de bagre. Mi madre se ríe cada vez que le cuento esto, aunque creo que le da un poco de culpa.
A través de este didáctico formato millones de niños aprendieron con bastante entusiasmo temas de biología que seguramente hubieran pasado de largo en una clase convencional. De hecho, el álbum tiene su origen en España, en 1965, bajo el nombre de Vida y Color, y se presentaba como material de apoyo para la asignatura de Ciencias Naturales.
Este libro sí lo llené y lo guardé por muchos años, pero ya no recuerdo dónde diablos quedó. No sé si lo tiré, lo regalé o simplemente un día mi mamá se deshizo de él sin decirme nada y ahora lo conservo solo en la memoria.
Tú y yo
¿Masculinidad frágil? ¿De qué me hablan?, si yo a los 8 o 9 años coleccionaba este álbum con ilustraciones de pajaritos vestidos de novios, perritos hablando por teléfono, hipopótamos bailando y ratoncitos con flores. Y la verdad, me encantaba.
En su momento fue un hitazo, no había niño en la primaria que no lo tuviera y no se entusiasmara con esos cromos de animalitos con frases de amor y amistad. Era un álbum cursi pero encantador, un clásico de mediados de los 80.
Poco después, Disney sacó una versión ilustrada con los personajes de sus películas, pero ya no tuvo el éxito del álbum original. Y qué bueno, caen gordos con su voracidad y ese afán de querer uniformar todo con la estética Disney, como sucede ahora con la ajolotización de CDMX, pero bueno, ese es otro tema.
Fiesta de Hanna Barbera
En la década de 1980, los dibujos animados de Hanna-Barbera (los hermanos William Hanna y Joseph Barbera) eran el top en la cartelera infantil de la televisión, con caricaturas como Don Gato y su Pandilla, Los Picapiedra, Los Osos Mañosos, Mandibulín, La Hormiga Atómica, El Inspector Ardilla, el Pulpo Manotas y un largo etcétera de series que acompañaron la infancia de muchas generaciones.
Una vez más hay que recordar que en aquel entonces las caricaturas únicamente se podían ver en la televisión abierta (solo los “ricos” tenían TV por cable), y nada más un capítulo por día o incluso por semana, dependiendo de la programación. ¿Maratonear?, solo en los Juegos Olímpicos.
Por eso coleccionar un álbum resultaba tan significativo, porque era un medio a través del cual se podía conservar un pedacito de ese momento particular de nuestra infancia, cuando nos sentábamos frente a un televisor a color de 21 pulgadas, máximo (ni en sueños hubiéramos imaginado que en el futuro habría pantallas de 100”), para ver a nuestros personajes animados favoritos.
Mundial 82 y Copa del Mundo 1986
No me pregunten por qué, pero me acuerdo del álbum del mundial de España 82. Lo curioso de este coleccionable es que, aunque Panini tenía la licencia de FIFA, en México salió bajo la marca de Sidral Mundet.
Al parecer, en aquel entonces Panini no contaba con la infraestructura necesaria para la producción y distribución del álbum a nivel mundial, por lo cual otorgó ciertas concesiones a empresas locales para este cometido, por eso en México salió bajo el patrocinio de Sidral Mundet.
Otra singularidad es que en la portada en lugar de Naranjito —la mascota oficial de España 82— estaba Sport Billy, un personaje adoptado por la FIFA como su mascota oficial para promover el juego limpio. Originalmente era un cómic alemán, pero después se convirtió en una serie animada de televisión que en México tuvo mucho éxito.
Recuerdo que me encantaba el opening, y me volaba la cabeza pensar que del mini maletín que guardaba Sport Billy en el bolsillo podía sacar cualquier cosa que necesitara en ese momento: un carro, una moto, un trampolín o lo que fuera.
Con el álbum de México 86 pasó algo similar. No sé si se le otorgó la concesión a otra editorial o si se haya tratado de una versión pirata que se vendía en paralelo al de Panini, pero el álbum que yo tenía es el que comparto en las imágenes
Recuerdo casi de memoria la planilla de la Selección Mexicana. Mis ídolos de esos años eran Pablo Larios (porterazo que después fue el mentor de Jorge Campos) y Hugo Sánchez, el mejor jugador mexicano de todos los tiempos, aunque en la Selección Nacional nunca hizo un carajo; de hecho, en ese mundial falló un penalti contra Paraguay.
Gran Premio Sabritas, Thundercats, Rambo…
Para no hacer este cuento más largo, aquí les dejo otros álbumes que coleccioné en mis años mozos y que seguramente muchos recordarán, como el del Gran Premio de Sabritas, con cromos de autos clásicos y modernos de aquel entonces —como el icónico Ferrari Testarossa— que salían en las bolsas de sus productos, y que además te daba la oportunidad de ganar un auto VW Golf GPS si te salía el cupón premiado. Ahora ya no regalan ni sobrecitos de salsa.
Cómo olvidar también los álbumes de los Thundercats (aunque yo era más de He-Man); Rambo —en ese entonces se transmitía la caricatura en Canal 5— y Juego Limpio, otro coleccionable que buscaba hacer conciencia sobre la ecología y el medio ambiente.
Pero ustedes, ¿qué otros álbumes recuerdan? ¿Cuál fue el que marcó su infancia? Cuéntenme en los comentarios.







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