A principios del año pasado fui al doctor por una situación de salud que me inquietaba. Lo había dejado pasar por algún tiempo porque en realidad no tenía ninguna molestia ni nada que me pareciera alarmante. Sin embargo, un día brotó súbitamente en mi cabeza la idea de que tenía algo grave. La ansiedad ya no me dejó postergar la visita al médico.
Me mandaron hacer varios estudios que dispararon mis presagios más catastróficos. Por fortuna, los resultados fueron más benevolentes: mi problema era algo menor que se resolvía con un sencillo tratamiento. En mis análisis de sangre lo único que salió fuera de los límites de referencia fue la glucosa, los triglicéridos y el colesterol; algo bastante común en buena parte de la población de este país.
¡Uf! Respiré. Salí del consultorio con una receta y con el firme deseo de mejorar mis hábitos alimenticios, así que antes de pasar a la farmacia por el medicamento fui al supermercado que estaba cruzando la calle y me compré un yogur griego 0% azúcar, además de otros productos con los que comenzaría mi cambio de alimentación.
¿Qué me impulsó a modificar mi dieta?
El primer motivo fue el miedo, específicamente a padecer diabetes. Mi abuela la tuvo y hace algunos años se la diagnosticaron a un tío. Yo tengo en el cuello “la línea de la diabetes” —así le digo yo—, pero el término correcto es acantosis nigricans, un engrosamiento de la piel que da la apariencia de una mancha oscura que se presenta en los pliegues del cuello, axilas e ingles, y que en la mayoría de los casos son un signo de resistencia a la insulina.
Me di cuenta también de que en esta etapa de mi vida el cuerpo comienza a cobrar la factura de la edad y ya no funciona tan bien como antes. Por lo tanto, estaba muy a tiempo para mejorar mi dieta y reducir las probabilidades de padecer alguna enfermedad crónica derivada de una mala alimentación.
Por último, me cayó el veinte de que mi cuerpo es lo único que tengo para llevar una vida plena, y eso fue toda una revelación. Tomé conciencia de que esta humanidad es la única que poseo para cumplir y disfrutar a plenitud cualquier objetivo de vida, la única herramienta de trabajo que me va a acompañar el resto de mi existencia, por lo tanto, tengo que cuidarla y darle un buen mantenimiento. Si llego a viejo, quiero hacerlo en las mejores condiciones posibles.
¿Cómo me ayudó el estoicismo a cumplir mi objetivo?
Hace tiempo comencé a escuchar en Spotify un podcast buenísimo de estoicismo llamado —muy apropiadamente— El Estoico. El programa me atrapó de inmediato porque los primeros episodios son cápsulas de no más de 10 minutos en los que explica de manera muy didáctica los conceptos fundamentales de esta filosofía griega que data del año 300 a.C.
Uno de esos capítulos habla de la “Autoprivación Voluntaria”, una práctica que consiste en buscar de vez en cuando la incomodidad y renunciar ocasionalmente al placer. Para los estoicos, este adiestramiento sirve para fortalecer el temperamento en tiempos difíciles y para apreciar más lo que se tiene.
Decía Séneca en una de sus famosas cartas a Lucilio:
“Reserva de vez en cuando un número de días, durante los cuales te contentarás con las comidas más sencillas y escasas, y con ropa áspera y tosca, mientras te preguntas: ¿Es esto lo que tanto temía? Es en los tiempos de tranquilidad cuando el espíritu debe prepararse más para afrontar los tiempos difíciles”.
La incomodidad voluntaria sirve también para fortalecer el autocontrol y para evitar que seamos esclavos del placer. En el mencionado capítulo, Pepe García (el creador del podcast) afirma que “cuanto más fuerte sea tu voluntad, más libre serás de elegir lo que realmente quieres en tu vida”.
Esta idea de libertad me resultó fascinante, porque para los estoicos la privación del goce no era ninguna penitencia; al contrario, les gustaba disfrutar de todos los placeres, pero con moderación, mediante el control de sus deseos; y eso es justamente lo que los hacía libres, pues no actuar impulsivamente significa que uno tiene la capacidad de decidir.
No se trata solo de fuerza de voluntad, sino de una estrategia que brinda beneficios concretos: fortaleza de espíritu para el día a día y las épocas difíciles, gratitud por las cosas esenciales que muchas veces no apreciamos, y autocontrol para dirigir nuestra vida hacia donde realmente la queremos llevar y no hacia donde la arrastran nuestros impulsos.
Y sí, todo esto lo llevé a mi cambio de dieta. Me entusiasmaba el reto de tener el control de mi alimentación, en vez de sucumbir a cualquier antojo. Quería demostrarme a mí mismo que comer de manera más saludable no era nada del otro mundo: un poco más de verduras, bajarle a las grasas y los azúcares, menos mayonesa por aquí, más ensalada por allá ¡y voilà! Por supuesto que podría lograrlo.
Tal vez parezca una tontería, pero esta convicción hizo que el ajuste en mi dieta fuera relativamente fácil, y aunque a veces resulta complicado mantener la disciplina, sobre todo en reuniones familiares o de amigos, a un año de haber tomado la decisión de mejorar mi manera de comer, puedo decir que en general esos hábitos ya forman parte de mi día a día.
Hoy mi refrigerador guarda siempre espinacas, lechuga, champiñones, jitomates cherry, aguacate, yogur griego sin azúcar, y sobre todo, la firme decisión de mantener una dieta saludable por el resto de mi existencia.







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