Por fin se estrenó la serie de comedia La Oficina, en Prime Video, y el resultado no decepcionó en absoluto; al contrario, superó por mucho las expectativas y disipó las dudas que se tenían sobre si estaría a la altura de las versiones anteriores.
Contexto para quienes no conocen la franquicia: The Office es una serie británica creada en 2001 por Stephen Merchant y Ricky Gervais. Se trata de una sitcom caracterizada por su formato de falso documental (los actores le hablan a la cámara como si estuvieran dando una entrevista), y por un humor tan incómodo como políticamente incorrecto (cringe comedy), pero una vez que se entra en la convención resulta desternillante.
Llevar todo esto a la realidad de nuestro país representaba un reto enorme, pues se corría el riesgo de caer en una tropicalización burda y deslactosada. Afortunadamente, la producción no escatimó en nada y la serie funciona a la perfección en el contexto mexicano. La Oficina es una joya con identidad propia.
La historia se sitúa en Aguascalientes, en las oficinas de Olimpo, una empresa de jabones que entra en crisis porque fracasó en su intento por obtener la certificación ALPHA-9000, un requisito indispensable para obtener un préstamo con el cual quieren comprar a la competencia.
Al frente de la compañía está Jerónimo Ponce III, un junior desvergonzado e incompetente que heredó parte del negocio familiar. El peso de la historia recae en este excéntrico personaje, interpretado magistralmente por Fernando Bonilla, a quien le quedó el papel como anillo al dedo, pues Jerónimo bien podría ser el primo hermano de “El diente de oro”.
El comportamiento desaforado del protagonista es hilarante, y funciona como una suerte de catarsis, porque Jerónimo es un tipo que no tiene filtro para decir lo que piensa (además de que no es un dechado de virtudes), por lo cual suelta todos los improperios y sandeces que nadie en su sano juicio se atrevería a proferir, aunque en el fondo piensen lo mismo; por ejemplo, cuando se burlan de Aniv —así se llama el compañero— por su parecido con el “Chilaquil”, el perro que se hizo viral en 2017.
Cualquiera que haya trabajado en una oficina va a empatizar con los personajes que retrata la serie: el odioso lamehuevos del jefe; la neni emprendedora que vende toda clase de productos; el geek introvertido; los amigos que todos piensan que son pareja pero no lo son, aunque es obvio que se atraen pese a que ella tiene novio; la secretaria que ha estado toda la vida en la empresa; el compañero gay (perdón, pero a veces los homosexuales son, por sí mismos, un personaje), entre otros.
A diferencia de lo que sucede en muchos programas de comedia que se hacen en México, los personajes de La Oficina están muy lejos de ser una parodia, más bien son figuras arquetípicas que a pesar de sus extravagancias se perciben totalmente reales.
Y no solo eso, cada capítulo tiene momentos que resultan entrañables, pues es imposible no verse reflejado en ese ambiente laboral del que todos reniegan, pero que guarda un encanto indiscutible. Todo aquel que haya sido godín alguna vez en su vida atesora con cariño anécdotas de esa época.
No importa si son fans de la serie original con Ricky Gervais o de la versión gringa con Steve Carell; La Oficina con Fernando Bonilla tiene el mismo nivel en todos los aspectos: producción, guion, dirección, actuaciones… todo es una chulada. Y si no han visto nada de la franquicia, denle una oportunidad a este magnífico estreno, porque, parafraseando al clásico: ¡esta oficina no la tiene ni Obama!







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