Es francamente una necedad decir que el show de Bad Bunny en el Super Bowl fue “malísimo”, o criticarlo porque su música es “basura”, “no canta” o “no se le entiende nada”. Quedarse en esa crítica es no querer ver el contexto que rodea la presentación del puertorriqueño.
Quiero aclarar que estoy muy lejos de ser fan de Bad Bunny; sin embargo, a la luz del tiempo, no me parece que su música sea la más repugnante del mundo, como afirman sus detractores, pero tampoco creo que sea el artista maravilloso que idolatran sus fans. Desde mi punto de vista, tiene tanto canciones horrendas, como “Safaera”, y otras mucho más agradables, especialmente las de su más reciente disco, pero hasta ahí.
El punto central del show, aunque suene un poco ilógico, no fue la calidad musical, sino el mensaje que se compartió. Porque no fue un mini concierto de 15 minutos, sino un statement político-cultural emitido por el artista más escuchado del planeta, a favor de una comunidad de casi 70 millones de personas que actualmente está siendo acosada por el gobierno del país más poderoso del mundo.
No suelo estar a favor de este tipo de posicionamientos, porque generalmente son bobos e insustanciales (como el de Billie Eilish en la pasada entrega de los Grammys, perdón, la odié), y solo denotan el oportunismo de los artistas. Pero en este caso se trató de un discurso sumamente honesto y conciliador (por lo menos así lo sentí yo), y creo que ese fue el gran acierto de todo el performance.
El espectáculo fue muy bueno en ese sentido, y amén de todas las referencias culturales que hubo, algo que me pareció particularmente brillante fue la participación de Lady Gaga cantando “Die with a smile” a ritmo de salsa (que además les quedó buenísima), dejando de manifiesto que esa hermosa amalgama cultural puede ser perfectamente posible si latinos y anglosajones se unen, en vez de dividirse.
Irónicamente, la presentación del Conejo Malo ha generado una enfermiza discusión en redes sociales, donde tanto fans como haters han sacado a relucir su intolerancia, prejuicios, complejos, resentimientos y todo aquello que juran odiar, pero que exhiben a la menor provocación. No aprendemos.








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